Herpes Zóster (CIE-10: B02) 🚨

Herpes zóster (culebrilla): enfermedad neurológica viral de la piel con manifestaciones dolorosas

Descripción general

El herpes zoster, comúnmente conocido como culebrilla, es una enfermedad viral aguda que afecta principalmente al sistema nervioso, la piel y, en ocasiones, las membranas mucosas. Se caracteriza por un dolor intenso localizado, una erupción cutánea vesicular distintiva y la posibilidad de complicaciones neurológicas a largo plazo, como la neuralgia posherpética. La afección se presenta con mayor frecuencia en adultos y personas mayores, pero puede afectar a cualquier persona que haya tenido varicela (varicella) anteriormente.

La enfermedad se considera una reactivación del virus varicela-zóster (VZV) latente, el mismo virus responsable de la varicela. Tras la infección inicial, el virus permanece latente en los ganglios nerviosos, a menudo durante décadas. En determinadas condiciones, como la inmunosupresión, el envejecimiento, el estrés, los traumatismos o las enfermedades sistémicas, el virus se reactiva, viaja a lo largo de los nervios sensoriales y produce la erupción característica del herpes zóster en el dermatoma afectado.

Etiología

El herpes zóster está causado por el virus varicela-zóster (VZV), miembro de la familia de los herpesvirus (Herpesviridae). Tras una infección primaria (normalmente en la infancia en forma de varicela), el virus entra en una fase latente en los ganglios nerviosos sensoriales. La reactivación endógena de este virus latente desencadena el herpes zóster.

Los factores de riesgo que contribuyen a la reactivación del VZV incluyen:

  • Edad avanzada: el riesgo aumenta considerablemente a partir de los 50 años;
  • Sistema inmunitario debilitado: VIH/SIDA, cáncer, trasplante de órganos o terapia inmunosupresora;
  • Estrés psicológico o físico;
  • Enfermedades crónicas: diabetes, insuficiencia renal o enfermedades autoinmunes;
  • Traumatismos recientes o intervenciones quirúrgicas en la zona del dermatoma afectado.

La reactivación del VZV no suele contagiarse a otras personas como el herpes zóster en sí. Sin embargo, el contacto directo con el líquido de las ampollas del herpes zóster puede transmitir el virus a una persona no inmune, provocándole varicela, pero no herpes zóster.

Manifestaciones clínicas

El síntoma característico del herpes zóster es una erupción vesicular localizada y dolorosa que suele aparecer en un lado del cuerpo, siguiendo la distribución de un único dermatoma, es decir, la zona de la piel inervada por un nervio sensorial. Este patrón dermatómico de la erupción se debe a que el virus viaja desde el ganglio de la raíz dorsal a lo largo del nervio periférico hasta la piel.

Las zonas más afectadas son:

  • Dermatomas torácicos (T3-L2): representan más del 50 % de los casos.
  • Ramas del nervio trigémino: especialmente la rama oftálmica (ocular), que puede afectar al ojo y provocar pérdida de visión.
  • Dermatomas faciales y cervicales: Incluyen el cuero cabelludo, las orejas y el cuello.
  • En raras ocasiones, las extremidades distales: Piernas o manos.

La enfermedad suele progresar a través de las siguientes etapas:

  1. Pródromo: Dura entre 1 y 4 días y se caracteriza por malestar general, fatiga, fiebre (38-39 °C), dolor localizado, picazón o hormigueo en el dermatoma afectado.
  2. Erupción aguda: Las manchas rojas evolucionan hacia grupos de pequeñas vesículas transparentes tensas (0,3-0,5 cm de diámetro) sobre una base eritematosa. Estas pueden volverse purulentas o hemorrágicas en un plazo de 72 horas.
  3. Formación de costras y cicatrización: Las vesículas forman costras en un plazo de 7 a 10 días y se caen en 2 a 4 semanas. Puede quedar una pigmentación leve o cicatrices residuales, especialmente en la forma necrótica.

El dolor asociado al herpes zóster puede ser intenso y persistente, y se describe como una sensación de ardor, punzada o descarga eléctrica. En casos graves, se ha descrito parestesia (sensación anómala en la piel) e hiperestesia (aumento de la sensibilidad al tacto).
El dolor suele preceder a la erupción y puede continuar después de la resolución de las lesiones, evolucionando hacia una neuralgia posherpética.

El diagnóstico del herpes zóster es principalmente clínico y se basa en la distribución dermatomal característica de las lesiones vesiculares combinada con dolor unilateral. La presencia de lesiones en diferentes estadios (pápulas, vesículas, pústulas, costras) sobre una base roja y edematosa a lo largo de una sola vía nerviosa sugiere claramente la presencia de herpes zóster.

Se pueden utilizar herramientas diagnósticas adicionales en los siguientes casos:

  • Presentaciones atípicas: Especialmente en personas inmunodeprimidas o si no hay erupción (zóster sin herpes);
  • Afectación oftálmica: Para evaluar las complicaciones oculares;
  • Síntomas neurológicos: Para descartar encefalitis o mielitis.

Los métodos de laboratorio confirmatorios incluyen:

  • Frotis de Tzanck: Identifica células gigantes multinucleadas a partir del líquido vesicular (no específico para HSV o VZV).
  • PCR (reacción en cadena de la polimerasa): El método más sensible y específico para detectar el ADN del VZV en el líquido vesicular o el LCR.
  • ELISA: Se utiliza para detectar anticuerpos anti-VZV (IgM, IgG), especialmente en casos recurrentes o subclínicos.
  • Inmunofluorescencia directa e indirecta (DFA/IFA): Se utiliza para identificar antígenos del VZV en células infectadas.

Tratamiento del herpes zóster

Los principales objetivos del tratamiento son acortar la duración de los síntomas, acelerar la curación de las lesiones, reducir la replicación viral y prevenir complicaciones como la neuralgia posherpética.

Tratamiento antiviral:

Los fármacos antivirales son más eficaces cuando se comienzan a administrar en las 72 horas siguientes a la aparición de la erupción. Entre los agentes más comunes se incluyen:

  • Aciclovir: 800 mg cinco veces al día durante 7-10 días;
  • Valaciclovir: 1000 mg tres veces al día durante 7 días (preferible por su mejor absorción oral);
  • Famciclovir: 500 mg tres veces al día durante 7 días.

Tratamiento del dolor:

Dado que el dolor suele ser el síntoma más debilitante, se pueden utilizar los siguientes medicamentos:

  • AINE o paracetamol: Para el dolor leve a moderado;
  • Gabapentina o pregabalina: Para el dolor neuropático y la neuralgia posherpética;
  • Antidepresivos tricíclicos (p. ej., amitriptilina): Especialmente para el dolor nervioso crónico;
  • Parches tópicos con lidocaína al 5 %: Para alivio localizado en áreas neurálgicas;
  • Opioides: Reservados para el dolor intenso y refractario que no se controla con otros medios.

Cuidados tópicos y alivio de los síntomas:

  • Compresas frías: Reducen el ardor y la inflamación.
  • Calamina o lociones calmantes: Ayudan a secar las vesículas y alivian el picor.
  • Higiene adecuada: Para prevenir infecciones bacterianas secundarias.

Complicaciones del herpes zóster

Aunque la mayoría de los casos de herpes zóster se resuelven en un plazo de 2 a 4 semanas, pueden producirse complicaciones graves, especialmente en personas mayores y en individuos inmunodeprimidos:

  • Neuralgia posherpética (PHN): Dolor neuropático persistente que dura más de 90 días después de la resolución de la erupción; más frecuente en pacientes mayores de 60 años.
  • Zóster oftálmico: la afectación de la rama oftálmica del nervio trigémino puede provocar queratitis, uveítis o incluso pérdida permanente de la visión;
  • Zóster diseminado: se produce en personas inmunodeprimidas; se caracteriza por lesiones extendidas y afectación de órganos internos;
  • Meningitis o encefalitis por herpes zóster: complicaciones neurológicas poco frecuentes pero graves;
  • Neuropatías motoras: pueden provocar debilidad en las extremidades o parálisis facial en los dermatomas afectados.

Prevención del herpes zóster y sus complicaciones

La prevención del herpes zóster se centra principalmente en la vacunación y el refuerzo del sistema inmunitario:

Vacunación:

La vacunación es el método más eficaz para reducir tanto la incidencia como la gravedad del herpes zóster y la neuralgia posherpética. Existen dos opciones principales de vacunas:

  • Shingrix (vacuna recombinante contra el herpes zóster): recomendada para adultos de 50 años o más; se administra en dos dosis con un intervalo de 2 a 6 meses; ofrece una protección superior al 90 %;
  • Zostavax (vacuna viva atenuada): vacuna más antigua, menos utilizada en la actualidad; no recomendada para personas inmunodeprimidas.

Otras estrategias de prevención incluyen:

  • Tratamiento precoz de la varicela primaria (varicela) y reducción del contacto con personas infectadas;
  • Estilo de vida saludable y refuerzo del sistema inmunitario: sueño adecuado, control del estrés, alimentación equilibrada y evitar los factores desencadenantes de la inmunosupresión;
  • Tratamiento inmediato de los nuevos episodios de herpes zóster para reducir la duración, la gravedad y la probabilidad de complicaciones.

Conclusión

El herpes zóster es una enfermedad potencialmente debilitante que va más allá de las manifestaciones cutáneas y que a menudo conlleva un dolor nervioso significativo y complicaciones a largo plazo.

El reconocimiento precoz, el tratamiento antiviral oportuno y el control adecuado del dolor son fundamentales para minimizar la morbilidad. La vacunación ofrece una protección eficaz, especialmente en los adultos mayores, que son los que corren mayor riesgo.
A través de una educación adecuada, un control proactivo de la salud y el acceso a la atención médica, las personas pueden reducir significativamente el impacto del herpes zóster y mantener una mejor calidad de vida, incluso ante esta difícil enfermedad reactivada.